Evelyn – Cap XLIX

El sol se pone sobre la playa, donde un grupo de amigos ríe alrededor de una fogata. Pero mientras su amiga Claudia se pierde entre el humo y las bromas, Evelyn emprende un camino diferente, alejándose de la música hacia el susurro constante de las olas. Pero aquel paseo se vuelve aterrador cuando un hombre cuyo olor a sal y a soledad es tan viejo como el mar mismo la encuentra vagando sola por la playa. Es un pescador de mirada profunda y manos que conocen la dureza de las redes y la paciencia de la espera. Él la guía, no hacia la luz, sino bajo la sombra gigantesca de un muelle abandonado, un esqueleto de madera que oculta un refugio tan austero como el hombre que lo habita. En ese reino de herrumbre y olor a pescado, las promesas de una llamada telefónica y un caldo caliente se desvanecen en el aire denso, reemplazadas por el peso de una mirada que no pide permiso para admirar las bondades de aquella preciosa nena. Evelyn empieza a entender que en aquella soledad tan absoluta su cuerpo se convierte en una tentación imposible de resistir.

