Relatos Dantes


En los oscuros subterráneos de la iglesia, Karina descenderá más allá de la redención convencional. Lo que comienza como una inocente confesión pronto se convierte en algo mucho más perverso y prohibido. Su cuerpo, ofrenda de encaje y transgresión, está a punto de ser purificado por algo más denso que el agua bendita, algo más caliente, más irrevocable. Mientras un ignorante Guillermo continua con sus actividades, ajeno a la entrega que protagoniza su esposa en las profundidades del templo eclesiástico, Karina deberá decidir hasta dónde llegará su devoción ante el «instrumento divino» que reclama su entrega absoluta. Porque en la sacristía de San Benedicto la comunión apenas ha comenzado… Un ritual antiquísimo está a punto de ponerse en práctica, un ritual que busca la unción completa del cuerpo de la hermosa penitente. Cuando caigan las últimas prendas y se rompa el silencio del cáliz, serán las manos temblorosas y los labios resecos del viejo clérigo los que someterán a prueba la fascinante tentación que son las carnes turgentes de aquella joven esposa caída en el pecado.

Bajo el calor sofocante de una ducha que no logra purificar sus pensamientos, Elena, la sargento de policía acostumbrada al orden y la disciplina, se debate en una lucha interna contra sus propios deseos prohibidos. La humedad del vapor nubla el espejo, pero no la imagen obscena que arde en su mente: el rostro de Ramiro, su rústico vecino, y la promesa de sus manos ásperas recorriendo su piel. Tras una noche de intimidad insatisfactoria con su marido, Elena ha cedido a la tentación de tocarse imaginando al hombre que debería despreciar, desatando una tormenta de culpa y lujuria que amenaza su fachada de mujer íntegra. La tensión estalla cuando un altercado nocturno la obliga a salir a la calle vistiendo apenas una toalla diminuta, insuficiente para contener sus curvas generosas y sus pechos, que no dejan de presionar el escaso nudo que protege su desnudez. Mientras su esposo invoca castigos divinos por haber cedido a la «tentación de la carne», Elena descubre que el verdadero peligro no está en el pecado, sino en la vibración eléctrica que siente bajo su piel cada vez que el «depredador en chanclas» le recuerda que ella es su presa. Entre uniformes ajustados y vestidos que delinean cada rincón de su anatomía, la sargento se encamina hacia un abismo donde el deber y el deseo más lascivo están a punto de colisionar.

La noche ha dejado su huella imborrable en la piel de Evelyn. Y, por si fuera poco, el regreso a la civilización no es más que un respiro aislado en el destino de la exuberante jovencita. Mientras duerme, creyéndose a salvo en la penumbra, una sombra se cierne sobre su lecho, cometiendo un acto furtivo que ella ignorará al despertar, pero que de alguna forma sellará su destino. Al caer la tarde, envuelta en prendas ajenas que apenas contienen su voluptuosidad, se verá atrapada en un juego de miradas donde patriarcas poderosos devorarán con los ojos lo que sus manos no pueden tocar… todavía. Pero cuando elige el refugio de la habitación sobre la locura de la noche, dejando a los depredadores con el deseo acumulado, desconoce que abajo, en la sala, su anfitriona y los hombres que la codician han cerrado un pacto de carne y silencio. Una pregunta queda flotando en el aire viciado: ¿quién pagará el precio de la tentación que ella desencadenó sin saberlo?

