Sofía Cap I

Salvador, víctima de su extraño fetiche, ha formado parte de un sitio web donde lee y participa con otras personas que disfrutan compartiendo a sus parejas con otros. La envidia lo corroe, puesto que él mantiene en el más absoluto secreto sus fantasías, convencido de que su querida e inmaculada esposa lo despreciaría si supiera de tales ensoñaciones. Sin embargo, debido a un descuido, Sofía se enterará de todo, poniendo a prueba su matrimonio.
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Frente a la casa de Lorena, bajo la sombra densa de un árbol que oculta demasiado y demasiado poco, el Lincoln negro de los años cincuenta se mece con una cadencia inquietante. Dentro, el silencio del suburbio se rompe por gemidos ahogados, el crujido del cuero viejo, el roce de la piel contra la piel, y el jadeo de una mujer que juraba ser solo una actriz profesional. Lorena, con el vestido ya descosido y la espalda desnuda pegada al vidrio empañado, descubre que la línea entre el personaje de Joselyn y su propia carne se ha disuelto por completo. Frente a ella, Horacio Dos Santos —ese veterano al que llamaba mediocre— tiene las manos donde ningún guion autorizaba, y su boca susurrando promesas de estrellato que saben a whisky y a traición. Pero hay un precio. Siempre hay un precio. Y esa noche, a metros de la habitación donde duerme su hijo y la cama que comparte con su marido, Lorena deberá decidir hasta dónde está dispuesta a sumergirse en la oscuridad para ver su nombre brillar.

En los oscuros subterráneos de la iglesia, Karina descenderá más allá de la redención convencional. Lo que comienza como una inocente confesión pronto se convierte en algo mucho más perverso y prohibido. Su cuerpo, ofrenda de encaje y transgresión, está a punto de ser purificado por algo más denso que el agua bendita, algo más caliente, más irrevocable. Mientras un ignorante Guillermo continua con sus actividades, ajeno a la entrega que protagoniza su esposa en las profundidades del templo eclesiástico, Karina deberá decidir hasta dónde llegará su devoción ante el «instrumento divino» que reclama su entrega absoluta. Porque en la sacristía de San Benedicto la comunión apenas ha comenzado… Un ritual antiquísimo está a punto de ponerse en práctica, un ritual que busca la unción completa del cuerpo de la hermosa penitente. Cuando caigan las últimas prendas y se rompa el silencio del cáliz, serán las manos temblorosas y los labios resecos del viejo clérigo los que someterán a prueba la fascinante tentación que son las carnes turgentes de aquella joven esposa caída en el pecado.

